jueves, 12 de abril de 2007

Presidio

Ahora mismo no importa cuál ni cuánto tiempo, pero estuve en una cárcel. Una cárcel de verdad, con barrotes, hormigón y horas. Ahí dentro, quienes no se dedicaban a la violencia, a elevar su jerarquía, a pensar qué darán de comer mañana, a levantar pesas, o, dicho en otras palabras, quienes no se dedicaban a evadir la realidad de estar encerrados, la pasaban mal. A esos inadaptados les oí decir que extrañaban, un lugar, una canción, una mujer. Los ví caminar de una pared a otra, retorcerse las manos, extraviar la mirada en un metro de cielo. A veces alguno miraba demasiado una fotografía, con tanta desesperación que decidía irse. “No puedo más”, decía. Entonces ejecutaba la fuga atándose una sábana al cuello. Al rato dos guardias lo descolgaban y se lo llevaban envuelto en ella. Yo, que tanto en una celda como en un parque era igualmente libre, que nada más necesitaba un catre, una almohada y una noche, no podía entenderlos. Cumplí mi condena y salí. Fue entonces cuando empezó mi verdadera temporada en el presidio: el insomnio. Fue una semana en la que, gracias a los desórdenes físicos provocados por estar tanto tiempo guardado, no pude dormir y en la que, obviamente, no tuve sueños. Porque la expresión “soñar despierto” es nada más que una expresión, equivalente a imaginar o a recordar con mayor intensidad que lo normal, y ninguna de estas dos actividades tiene algo que ver con soñar, ni en la sustancia ni en la sensación, lo puedo asegurar. Una semana sin sueños para mí significa una semana preso. Una semana quieto. Y más que ninguna otra cosa, una semana sin encontrarme con ella. Porque no sé si lo mencioné, hace ya mucho tiempo que ella y yo dejamos de coincidir en la vigilia. Como sea, no verla comenzó a afectarme. Perdí peso. Hablaba solo. En verdad, gritaba solo. Le gritaba cuánto la extrañaba, mientras caminaba por mi pieza como un león enjaulado, retorciéndome las manos, con la mirada extraviada en un metro sesenta y pico de cabello abundante y ojos negros. En un intento desesperado por acercarme más, caí sobre mi viejo cajón de fotografías, encontré la que buscaba y la miré, largos días la miré. Tal actividad, como era de prever, terminó enloqueciéndome. “No puedo más”, dije. “Me voy”. Agotado, me paré sobre la cama y empecé a trabajar en la sábana. De pronto, dos manos a mis espaldas me cubrieron los ojos y suavemente me recostaron en el suelo. Ya no estaba en mi pieza; bajo mi cuerpo sentí pasto fresco. La dueña de aquellas manos plantó sus rodillas a mis costados y se sentó en mi vientre. Riendo a su particular y dulce manera preguntó que a dónde me creía que iba. “No tengo idea, menos mal que llegaste”. Lo que siguió es asunto mío.
Desperté aliviado.

8 comentarios:

Maga dijo...

escribe muy lindo, felix... que hermoso sería que a todos nos rescatase la razón de nuestro infortunio... se siente en nuestro vientre, y lo que le continue, sea siempre, un ¨tan asunto nuestro¨.

saludo

Álvarez Gómez dijo...

Félix, me gustó mucho su blog.

Saludos
AG

Anónimo dijo...

verdad, muy bueno

Anónimo dijo...

Muy lindo lo que escribiste.

Dicen por ahí, que en los sueños resolvemos asuntos pendientes.

Anónimo dijo...

al margen, félix, que bien escribe.
lo felicito

La Incondicional dijo...

Muy buen blog, gracias por haber pasado por el mío.

Zoca dijo...

excelente.


besos, besos... zoca.-

Anónimo dijo...

Wow!

Simplemente, muy loco maussy!

(Su texto, don Felix, me hizo re mambearla! y ademas, me gusto mucho)